Relato de Marcos: Una crónica sobre consciencias sin materia

Este texto es verídico y vivido en primera persona, y tanto la mamá, Alicia (nombre modificado), como un servidor, el papá, lo vivimos durante los primeros años de vida de nuestro hijo Marcos (nombre modificado), en concreto desde que cumplió tres años hasta los cinco. Cuando nació Marcos, compré una furgoneta y la campericé para poder viajar con Marcos y Alicia por el campo. Todos los veranos y puentes salíamos con nuestra furgoneta a buscar lugares que conocer; nos gustaba ir a sitios solitarios, aunque también visitábamos ciudades y lugares concurridos. Sin embargo, para dormir siempre buscábamos lugares apartados: nada de campings ni sitios donde hubiera otras personas. Durante el verano de 2017 estábamos por la sierra de Cuenca, y el plan era subir hasta los Pirineos. Marcos, que tenía entonces cuatro años, su mamá y un servidor queríamos visitar la ciudad de Jaca, pero en pleno mes de agosto hace demasiado calor para ir a las ciudades. Así que lo que solíamos hacer cuando nos acercábamos a ellas era buscar algún entorno natural cercano, con vegetación, donde pasar el día; y ya por la tarde o la noche nos acercábamos a la ciudad que deseábamos visitar. Decidí ir a la zona de la Sierra de San Juan de la Peña. No teníamos ningún lugar concreto al que ir; ya habíamos comido y serían sobre las cuatro de la tarde. Íbamos por la carretera A-1205 buscando a alguien a quien preguntar. Hacía calor y, a esa hora, casi no había nadie en la carretera. Por fin, un vecino nos indicó que más adelante, en la misma carretera, había una especie de zona recreativa en el interior de un antiguo caserón remodelado. Nos dijo que veríamos una casa grande en ruinas y que, justo detrás de la que estaba en ruinas, había otra construcción similar reconstruida, con mesas y bancos en su interior. Pongo el lugar exacto: (Lugar de los hechos) para consultarlo en Google Maps. Hoy en día (2026), el caserón en ruinas está totalmente destruido: solo se observan los cascotes en el suelo, pero el caserón remodelado sigue en buen estado.
Llegamos al lugar indicado. Hacía mucho calor. La construcción reconstruida era perfecta: se trataba de una gran casa adaptada como merendero, una enorme construcción de gruesos muros, sin paredes internas y con varias mesas con bancos de madera en su interior, de los que se suelen usar en las zonas recreativas. Bien, antes de seguir este relato, toca hablar de Marcos. Ahora tiene 12 años (2026); en aquel momento contaba con 4, y parece que el tópico es cierto: dicen que los niños pequeños ven cosas que nosotros no vemos y, con la edad, esa capacidad desaparece. Marcos ya nos había ofrecido algunas situaciones curiosas, como cuando, con 3 años, estaba una noche hablando en su dormitorio. Alicia, su mamá, se acercó por si tenía pesadillas, pero estaba despierto, sentado en su cama y muy tranquilo. Le contó que estaba hablando con un hombre que solía venir a verlo y que se sentaba junto a la cama, en una silla que teníamos allí puesta para evitar que se cayera al suelo por las noches, y que en ese momento dicho hombre estaba detrás de ella. Marcos miraba detrás de Alicia, como si hubiera alguien allí. Alicia no tuvo valor de girarse. Marcos le contó a su mamá que aquel hombre era muy simpático, que llevaba un sombrero y un traje y que le había dicho que su nombre, “Marcos”, se lo habían puesto por él. Nunca le habíamos hablado de su bisabuelo, que también se llamaba “Marcos” (nombre modificado), un hombre que vivió en las Islas Canarias, muy lejos de donde vivíamos nosotros, y al que su madre solo había conocido de muy pequeña. El abuelo de Alicia, Marcos, era un hombre que siempre iba muy bien vestido, con traje y sombrero, además de otros detalles que nuestro hijo no podía saber. Nadie le habla a un niño tan pequeño de su bisabuelo; lo comprobamos: hablamos con el resto de la poca familia que tiene y nadie le había hablado de él, y menos con tantos detalles. Por cierto, fue así como me enteré de la pequeña “trampilla” que había hecho su mamá, Alicia, para elegir el nombre de “Marcos”: habíamos acordado que nuestro hijo no tendría el nombre de ningún familiar, incluido el mío, su padre. Otro momento que vivimos con Marcos fue en Galicia, durante el verano de 2016. Con 3 años, pasábamos la noche en los solitarios aparcamientos de un polideportivo situado a las afueras de Allariz, en la provincia de Lugo. Ubicación Polideportivo
Estábamos solos, aparcados en mitad del aparcamiento, y me alejé a dar una pequeña vuelta, pero sin perder de vista la furgoneta, donde estaban Marcos y su mamá. Cuando volvía al aparcamiento, pude ver a Alicia sentada en una silla junto a la furgoneta y a Marcos, que estaba situado en la parte de atrás de la misma. Cuando Alicia me vio llegar, se le cambió la cara: se asustó, se levantó de sopetón y corrió hacia Marcos, y lo abrazó. Además, no dejaba de mirar hacia todos los lados. Ella pensaba que Marcos estaba hablando conmigo detrás de la furgoneta, pues llevaba un rato hablando con alguien, y estaba claro que no era yo, que venía desde otra dirección. Estábamos en un aparcamiento totalmente plano y diáfano: era imposible que alguien se acercara al vehículo sin que lo viésemos. Además, yo venía andando desde un campo cercano algo elevado y tuve la visión completa del aparcamiento y la furgoneta todo el tiempo. Allí no había nadie más que nosotros. Ahora seguimos con la historia donde la dejé. Llegamos a la casa-merendero y Marcos le pidió enseguida a su madre que se quedara junto a él; no quería soltarse de su mano, algo raro, pues siempre que llegaba a un lugar nuevo en el campo, y tras un largo viaje, salía a explorar todo solo. Mientras tanto, yo me dediqué a empezar a preparar la ducha junto a la furgoneta. Marcos seguía sin querer estar solo y Alicia no se encontraba muy bien: necesitaba ir al baño. Así que me quedé con Marcos, que empezó a sacar todos sus juguetes y a ponerlos expuestos sobre una de las mesas. Estuve jugando un rato con él y, poco a poco, se encontraba más a gusto. Aproveché para dejarlo jugando solo (aunque dentro de mi campo de visión), mientras yo seguía preparando la ducha caliente (el proceso para ducharse en el campo es laborioso: hay que calentar agua con un termo portátil, conectar el gas, las mangueras, sacar la tienda-ducha, etc.). Al cabo de un rato, Marcos empezó a correr, divertido, riéndose a carcajadas por todas partes. Al principio no le di mayor importancia, pero entonces me fijé en que estaba jugando exactamente como si hubiera otro niño con él: giraba sobre sí mismo, miraba hacia atrás, hacía giros esquivando a un compañero invisible que yo, por supuesto, no veía. Se reía y no paraba. Llevaría unos diez minutos así cuando, en una de sus carreras, vino directo hacia mí, me agarró de los pantalones y se puso a girar a mi alrededor, siguiendo con su mirada los movimientos de aquel niño, invisible para mí, de su misma estatura, que lo perseguía. Era una locura: yo estaba viendo a mi hijo jugando delante de mí con otro niño que no podía ver. Después dio algunas vueltas a la furgoneta y se fue corriendo de nuevo hacia la casa ante mi atónita mirada. Durante seis años he llevado a Marcos a diario al parque a jugar con otros niños —repito, a diario—, así que conozco muy bien a mi hijo y sus comportamientos. Marcos no podía estar fingiendo aquello: era real. Estaba jugando al pilla-pilla delante de mis narices con alguien que yo no podía ver. Como tocaba ducha, me acerqué a Marcos y le dije que viniese, que iba a ducharlo. Marcos estaba ya sentado dentro de la casa, en la mesa donde tenía sus juguetes, y me preguntó algo que nunca preguntaba: “Papá, ¿luego vamos a venir a dormir aquí otra vez?”. Con mucho tiento, y sin que se me notara el nerviosismo —y estaba nervioso—, le pregunté por qué decía eso, si tenía que decirle algo a alguien o despedirse de alguien (obviamente, con esta pregunta quería comprobar qué estaba pasando sin alarmar al niño). Entonces Marcos, que estaba a unos tres metros de mí, hizo algo que me puso los pelos de punta: se agachó mirando debajo de la mesa de madera (donde no había nadie, o al menos nadie que yo viese), volvió a erguirse, se le cambió la cara, me miró muy serio y algo asustado y me dijo: “Papá, es que me han dicho que no puedo hablar contigo de ellos”. Me costó trabajo fingir que todo estaba bien. Cada vez que recuerdo ese momento se me ponen los pelos de punta. Me senté con él; no me creía lo que estaba pasando. Solo trataba de que Marcos no notara que yo estaba nervioso y algo asustado, y soy una persona de mucho temple. No le dije nada a Alicia, que estaba ya en la ducha, pero más tarde, cuando estábamos en la ciudad de Jaca por la noche, tomando unas cervezas en un parque, empecé a hablar con ella sobre lo que yo había sido testigo. Me interrumpió y me dijo: “¿Tú también te has dado cuenta, no?”. Ella tampoco me había querido decir nada, pero también había visto que Marcos jugaba al pilla-pilla con alguien que no veíamos. Ambos habíamos sido testigos por separado de aquella situación, y nos impactó tanto que hasta por la noche no quisimos decirnos nada el uno al otro. Y resulta que ambos habíamos visto lo mismo, aunque cada uno desde distintos puntos del lugar y sin ser conscientes de que el otro también estaba siendo testigo de aquello. Le conté además la conversación en la mesa que tuve con Marcos, y entonces caímos en la cuenta de por qué Marcos cogió la mano de su madre al bajarse de la furgoneta y no quiso soltarla. Alicia me contó que, mientras me duchaba, había tenido una conversación con Marcos y que este le había preguntado qué les ocurría a los niños cuyos padres se iban y los dejaban solos. A día de hoy aún se me saltan las lágrimas cuando me acuerdo de aquello. Marcos nunca vio nada anormal en esas situaciones tan separadas, tanto en el tiempo como en el espacio: él las vivía como algo normal, y desde los 6 años no tuvo ninguna más. De hecho, no se acuerda de nada de esto. Alicia y yo acordamos no decirle nada sobre estos temas mientras los vivió, pues los asumía con absoluta normalidad y no le asustaban.

Comentarios